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El castillo de Galve pierde
la batalla de la historia

01/09/02
Castilla no termina de hacer honor a su nombre. El castillo de Galve de Sorbe es un edificio histórico del siglo XV con detalles artísticos propios de la época medieval. Del esplendor de los Estúñiga, la familia que decidió construirlo para su uso como residencia señorial, los galvitos han observado con indiferencia la conversión de su principal monumento en un vertedero de plásticos, maderas y todo tipo de basura, tal como muestra la fotografía de cabecera. Fue subastado en 1971 y el dueño que lo adquirió ha incumplido la obligación de conservarlo en su estado primitivo. Las restauraciones han sido puntuales y violentas con la arquitectura original del castillo. El ayuntamiento no hace nada escudado en su ínfimo presupuesto y el pueblo tampoco levanta la voz. Las administraciones provincial y regional ni se inmutan. A nadie parece importarle la agonía del castillo de Galve. Y cada año se caen más piedras.

Raúl Conde Suárez
raulconde@galvedesorbe.com

Hace muy pocos días, un grupo de chicos intentaba montar una cabaña en los alrededores del castillo y el cementerio de Galve. Ante la ausencia de materiales, decidieron recurrir a la uralita y las tablas de madera que se amontonan en cualquiera de las plantas del castillo galvito. La mala fortuna quiso que Alberto, un chaval de apenas 14 años, resbalara y se cayera desde cinco metros. Resultado: cuatro puntos en la cabeza y varias brechas repartidas por el cuerpo. Pudo haber sido peor. El accidente no es un hecho aislado, es una consecuencia lógica dada la situación deplorable de las salas interiores.

La fortaleza de Galve de Sorbe ha pasado por distintas manos desde su erección en 1468. Los miembros de la familia Estúñiga o Zúñigas, descendientes de los reyes de Navarra, fueron quienes mejor trato dispensaron a sus paredes. Los dueños posteriores, entre ellos la mujer del hijo del Cardenal Mendoza, trajeron pocas cosas buenas. Por entronques familiares, el edificio acabó bajo la jurisdicción del duque de Alba, pero ante la ambigüedad de esta familia el Estado se hizo con su titularidad. El Ayuntamiento de Galve de Sorbe no quiso aceptar en 1969 la cesión que le proponía la Administración y el castillo no tuvo más remedio que pasar a subasta pública. Ésta se materializó en 1971. El castillo de Galve y otros seis de la provincia fueron adjudicados por un valor total de 3,5 millones de pesetas. El corresponsal de "La Vanguardia Española" en Guadalajara, Luis Monje Ciruelo, informaba en esas fechas de los pormenores de la histórica cita celebrada en la Delegación de Hacienda: "La sesión del Patrimonio del Estado sacó a subasta las ruinosas fortalezas medievales construidas entre los siglos XIII y XV de Arbeteta, Establés, Alcolea de las Peñas, Galve de Sorbe, Valfermoso de Tajuña, Riba de Santiuste y Beleña de Sorbe y la afluencia de postores ha sido extraordinaria". Más de 70, entre ellos extranjeros, según Monje, concurrieron en la puja.

Adjudicado en subasta

Al parecer, el castillo de Galve fue uno de los que despertó más interés. Estimado por el Patrimonio en 50.000 pesetas, fue adjudicado en 1.400.000 pesetas, siendo el más caro de todos. El comprador respondía al nombre de Carlos Junquera de Miguel, un ingeniero catalán que también se llevó el castillo de Riba de Santiuste. Cuatro de los siete castillos licitados acabaron en manos de propietarios catalanes. Al final de su crónica, Monje escribe: "Aunque la mayoría ha declarado que piensa reconstruir estas fortalezas nos sentimos un tanto escépticos acerca de estos propósitos. Tal vez lo hicieran varios con seguridad si contaran con el asesoramiento y la protección de la Dirección General de Bellas Artes y si los castillos restaurados disfrutaran, para estímulo de sus propietarios, de algunas exenciones fiscales".

Los presagios han tardado tres décadas en confirmarse. Justo después de la famosa subasta, el castillo vuelve a ser vendido a un nuevo postor. Se llama Enrique Calle Donoso y según parece reside en Madrid. Quién suscribe ha intentado ponerse en contacto con él pero ha sido imposible. No responde a los teléfonos y nadie tiene sus señas. Ignora a los periodistas y ya no mantiene contacto con los vecinos de Galve, ni siquiera con los que le ayudaron cuando anduvo por esta villa serrana.

Reconstrucción parcial

Dionisio Chicharro Gómez tiene 74 años y es vecino del pueblo. Cuenta que «a mediados de los setenta estuvimos trabajando cinco hombres en la reconstrucción diseñada por el dueño». Estos galvitos fueron José Herrero Montero, Pascual Sánchez Herrero, Vitoriano Sierra Sánchez y Maximino Herrero García, además del citado. La reconstrucción fue aleatoria, particular y sin el concurso de un arquitecto, ya no digamos de un técnico restaurador. No existió planificación. El objetivo era apuntalar los muros exteriores y acondicionar el interior para vivienda. Aún quedan los servicios y la bañera que trajo el dueño y los materiales que no utilizaron. «Después del trabajo, no tuvimos ninguna relación personal con ese señor», asegura Dionisio.

Las obras realizadas en el muro oeste, el de la entrada, y en la parte frontal, pueden llevar a engaño. La piedra tallada está en consonancia con la época medieval, pero no los ladrillos o la almena construida en lo alto de la torre del homenaje. Pascual Sánchez Herrero, 84 años, vecino de Galve, recuerda que trabajaron entre dos y tres años, «tanto dentro como fuera, volvimos a hacer todo el muro hasta el camino de la Dehesa, hasta que Bellas Artes paró la obra».

Dionisio, "el Dioni", era el encargado de los cinco operarios. «Yo tenía las llaves del castillo -dice Pascual- y el dueño nunca prohibió las visitas en el recinto». Cada uno de los trabajadores cobraba 12.000 pesetas al mes. «Cobrar eso entonces...¡Éramos como generales!», asegura José Herrero Montero, 67 años, natural de Galve. «El dueño nos invitaba a comer y don Eduardo, el cura, asaba los corderos y nos los comíamos en el castillo. Otras veces don Enrique traía langostinos y los hacía en la fonda Herrero. Era una buena persona, nos dejaba trabajar libremente». El propietario llegó incluso a participar en la construcción de la escalera de caracol que aún hoy conecta las cuatro plantas de la torre. «Y la almena la hicimos Dionisio y yo», afirma Pepe con orgullo. «Lo pasamos bien aunque el trabajo fue duro, recuerdo que un día subió Pascual con las aguaderas en la borrica cargadas de moscatel y lo acabamos echando para hacer la pasta... Pero son cosas que pasan».

Situación límite

La reconstrucción en la década de los setenta y alguna chapuza posterior no se han vuelto a repetir. Las anécdotas no deben ocultar la historia trágica de este monumento. El dueño se ha limitado a quedarse de brazos cruzados: ni conserva, ni restaura, ni vende el castillo. Esta actitud viola la Ley de Patrimonio Histórico Español, vigente desde 1986, aunque lo cierto es que el texto es muy ambiguo y se presta a muchas interpretaciones. La situación del castillo de Galve en la actualidad es límite. La rectitud del exterior tapa las vergüenzas del interior. La maleza abunda en el patio central, las paredes se agrietan y por todas las salas se puede uno topar con tablas de madera podrida, ladrillos, botellas, uralita, plásticos, clavos, baúles, barras de hierro, sillas, mesas, papeles, puertas y la bazofia propia de un estercolero. Las piedras se caen poco a poco, de forma inexorable, sobre todo en la torre, pieza original del siglo XV y que ha llegado casi intacta a nuestros días. Las fotografías existentes son inequívocas.

La coyuntura del castillo galvito no es nueva en Guadalajara, es más, se repite con asiduidad entre aquéllos que fueron subastados en 1971. La legislación permite defender el patrimonio y parar los pies a los propietarios que actúan de manera negligente. Guadalajara es la segunda provincia española en número de castillos, más de cincuenta. Los hay que están restaurados con apoyo público y privado y se les ha dado un uso (Sigüenza, Torija), los hay que están bien conservados (Atienza, Zorita) y los hay que esperan ansiosos la lluvia de millones, como el de Galve. Pascual defiende al dueño y dice que si no hubiera sido por la reconstrucción que él impulsó, no quedarían más que cuatro piedras. «Lo que pasa es que los gamberros lo han destrozado, los de fuera y los del pueblo».

Reacciones

La pasividad del dueño se une a la del Ayuntamiento. El alcalde, Emilio Esteban, argumenta la escasez del presupuesto municipal para acometer el proyecto de recuperación del castillo. «No podemos pagar los costes que genera un proceso así». Cifuentes, por ejemplo, acumula en gastos 100 millones de pesetas en ocho años, además de los 20 millones que le costó adquirir su propiedad. El consistorio de Galve no encuentra apoyo de ninguna de las Administraciones Públicas y menos del pueblo. La gente comprende que el turismo es un factor de riqueza y que el aprovechamiento del patrimonio histórico es fundamental, pero no sale a la calle a defender la integridad de su mayor símbolo de identidad. Un vecino nos dice en la cola del pan que «es muy difícil pedir la reacción ciudadana en un pueblo de menos de doscientos habitantes, apartado de la ciudad y la prensa». Y otro lugareño agrega que la juventud escasea, «no vamos a luchar los que tenemos 90 años y llevamos bastón». En el fondo subyace la resignación propia del castellano viejo. Muchos vecinos ignoran todavía la trascendencia de poseer un castillo en su término municipal. Los abuelos no pueden hacer nada y los jóvenes, problemas del progreso, tampoco tienen excesiva preocupación por este tema.

Soluciones

Escribe Sonia Jodra, periodista, que las obras que pueden llevarse a cabo en un castillo son de tres tipos: consolidación, restauración y rehabilitación. “Consolidación es mantener lo que hay, restauración se considera cuando se hacen cosas tal como eran antes o diferenciando lo nuevo de lo antiguo, y la rehabilitación consiste en darle al edificio un uso como vivienda, museo...” (Guadalajara Dos Mil, 12-4-2002). El castillo de Galve ha permanecido al margen de esa tipología. La cuestión ahora es doble. Primero: ¿En quién recae la responsabilidad del estado penoso del castillo? ¿Sólo en el dueño o también en los organismos oficiales? Segundo: ¿Qué tipo de soluciones cabe esperar?

La respuesta a la segunda pregunta depende de la actitud del propietario o bien del arrojo y capacidad del ayuntamiento de turno. Generalmente los castillos españoles sobreviven gracias a la iniciativa privada, las asociaciones del ramo o los comercios de hostelería. No es ningún caso el de Galve. Aquí sólo es posible que el dueño modifique su comportamiento y se comprometa a conservar el edificio, que lo venda a alguien que sí lo haga o bien que el Ayuntamiento recurra a la expropiación, como hicieron en Pioz, a través de la Comisión Provincial de Urbanismo. Este camino ya hemos dicho que resulta costoso, tanto en esfuerzo económico como físico. Pero a veces es la única posibilidad. Y la más rentable a largo plazo porque permite recuperar para el pueblo parte de su historia y aprovecharlo extrayendo un beneficio social, cultural y económico.

“En Castilla-La Mancha la situación es similar a la que encontramos en el resto de España, existe una voluntad de conservar los castillos por parte del Gobierno regional, pero lo que no hay son fondos”, declara Íñigo Míguez del Olmo, director de la Asociación de Amigos de los Castillos. En algunas comunidades te dan hasta el 50 por cierto del presupuesto a fondo perdido. La Junta de Comunidades renovó en diciembre de 1998 el plan de ayudas para arreglar castillos. En enero de 2000 se hizo pública la última convocatoria específica destinada a Subvenciones para Obras en Inmuebles Vinculados al Patrimonio Histórico de Castilla-La Mancha. El importe de las ayudas oscila entre el 10 y el 50 por ciento del presupuesto total de la obra hasta un máximo de 30.000 euros. Pero no es suficiente con recuperar el edificio, es necesario acondicionar el entorno, otro de los problemas que padecen nuestros castillos. No es éste el caso de Galve, puesto que los alrededores todavía no han sido adulterados, si exceptuamos los molinos eólicos que se divisan a lo lejos.

El futuro

Durante la primera semana de julio se celebró en Guadalajara un foro de debate sobre conjuntos fortificados. El director de Bienes y Actividades Culturales de Castilla-La Mancha, Antonio Moraleda, defendió la política administrativa en esta materia. "En los últimos 25 años se ha restaurado más que en siglos anteriores". El mercado inmobiliario surgido a raíz de la recuperación del patrimonio es una válvula de escape para los monumentos que se desmoronan. Hoy un castillo, un palacio, una casa solariega o un pazo pueden costar menos que un chalet en una urbanización de lujo. Cada año se realizan cerca de medio centenar de transacciones. Sus precios varían entre 50.000 euros y 2.000.000 de euros. Luis Ignacio Parada escribía hace poco que "el dinero que está saliendo apresuradamente de las Bolsas ha encontrado su destino más apacible en la inversión inmobiliaria y en especial en este tipo de bienes que pueden ofrecer dentro de unos años una revalorización muy importante" (ABC Inmobiliario, 26-7-02).

Desgraciadamente, el castillo de los Estúñiga no se vende. Tampoco se rehabilita ni se conserva. Permanece sumido en la inmundicia, condenado por la historia, el dueño y el mismo pueblo. Bellas Artes no hizo más que parar la reconstrucción arbitraria impuesta por el propietario. Y la Dirección de Bienes Culturales de Castilla-La Mancha ni se ha molestado en preguntar cómo está el asunto. La ley ampara a los castillos, pero la conciencia humana continúa instalada en la ignorancia y la irresponsabilidad.

El castillo galvito en la historia

La fortaleza que ha llegado a nuestros días en Galve se construyó sobre uno anterior del siglo XIV, levantado por el Infante Don Juan Manuel. Éste se enemistó con el rey refugiándose en Aragón y desnaturalizándose de Castilla, perdiendo numerosas posesiones. Muerto Don Juan Manuel pasó Galve a la Corona, hasta que el 28 de octubre de 1392, don Pedro I el Cruel dio el pueblo con sus términos y pertenencias al rico-hombre Iñigo López de Orozco, al que heredó su hija Doña Mencía, casada con el señor de Beleña Men Rodríguez Valdés. A comienzos del siglo XV, viuda doña Mencía, ésta vende mancomunadamente el lugar de Galve a sus parientes Don Diego Hurtado de Mendoza, almirante de Castilla, y Don Diego López de Estúñiga, Justicia Mayor del Reino (escritura fechada en Toledo a 8 de marzo de 1403). Este último cedió su mitad de Galve al almirante con sus vasallos, términos y jurisdicción. A la muerte del almirante, en 1405, don Diego López de Estúñiga, so pretexto del adeudamiento por parte del primero de ciertos "maravedíes" y "costas", se apoderó de la mitad de Galve heredada por su mujer e hijos.

El 6 de diciembre de 1428, Don Diego López de Estúñiga, «el mozo", fundó un mayorazgo en.cabeza de su hijo Pedro de Estúñiga comprendiendo "todas las jurisdicciones e señoríos e rentas e pechos e derechos que a mi pertenecen aver, por razón del Señorío y Basallos solariegos que sean vecinos e moradores situados en Galve con su tierra, e en Baides con su tierra..."(Colección Salazar, tomo M-51, de la Real Academia de la Historia). El actual castillo se piensa que fue levantado por Estúñiga "el mozo" por diversas razones: residió, frecuentemente en Galve durante los últimos años de su vida; tenía contraída con su esposa una deuda a mitad de siglo (le dejó empeñados los lugares de Galve y Baides en su primer testamento, fechado en Monterrey a 16 de julio de 1444); las características arquitectónicas corresponden a esta época; cuando murió, las disposiciones de la Reina Católica prohibían la erección de nuevas fortalezas (para debilitar el poder de la nobleza); la banda de los Zúñiga campea en los escudos de los garitones.

A 18 de septiembre de 1543, en Valladolid se firmó la escritura de venta por parte del conde de Monterrey a Doña Ana de la Cerda de «la villa de Galve con su fortaleza y lugares de su tierra, Costalviejo, Valdepinillos, Laguerce -La Huerce-, La Zarzuela -Zarzuela de Jadraque- (yo pienso que es Zarzuela de Galve), Pedro Yuste, El Ombrialejo, Valverde, Majadas Viejas, Los Palancares, La Mata de Robredo con todos sus términos y dependencias, señorío, jurisdicción, rentas, pechos etc.»

El hijo de Doña Ana de la Cerda, Don Baltasar Gastón Mendoza y de la Cerda, fue el primer conde de Galve, título concedido por el rey Felipe II en 1557. El condado de Galve pasó más tarde a la rama principal de la casa de Mélito, titulada ducal de Pastrana. El cronista Layna Serrano concluye: «Por el estado del castillo de Galve y por la falta de noticias consignadas en la relación del cura don Tomás López en 1794, ha de suponerse que no padeció la fortaleza de modo especial durante la guerra de Sucesión; la ruina actual de sus muros más parece debida a una destrucción violenta y premeditada que al hundimiento lento causado por la vejez y el abandono».


Raúl Conde Suárez

 

El castillo de los Estúñiga: una situación intolerable

 

 

 

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