La villa de Galve de Sorbe afronta el futuro desde
dos ópticas. La primera, quizá pesimista, incide en el actual proceso
de despoblación de la meseta española, ya iniciado a mediados de los
sesenta, momento en que la juventud emigró a las grandes ciudades. La
segunda, más optimista, centra el futuro del pueblo en el proyecto de
convertirlo en centro de ocio o residencial para fines de semana o épocas
vacacionales. Es decir, el pueblo se convertiría entonces en la vía
de escape para los madrileños y los catalanes galvitos, y para todo
aquel que tenga el buen gusto de hacer turismo en la zona. Esta idea,
sin duda, va unida al espectacular auge del turismo rural en la sierra
norte de la provincia, un territorio diverso y fragmentado, apartado
de los caminos del mundo, pero repleto de paisajes y gentes que merece
la pena conocer.
Ya se sabe que Dios aprieta pero no ahoga. Por eso,
hay un dato para la ilusión. La escuela de primaria de Galve se mantiene
hoy con un número considerable de niños, lo que hace albergar esperanzas
de un porvenir más halagüeño que el de otras localidades del contorno.
Los proyectos de desarrollo rural de la Unión Europea, el fomento de
nuevas técnicas y recursos que potencien el turismo de interior y la
capacidad del pueblo para su propia subsistencia, quizá son las claves
para garantizar el futuro de nuestra histórica villa. Quizá, aunque
puede que tan sólo sean cábalas, hipótesis, castillos en el aire que
el tiempo se encargará de vencer. En cualquier caso, hablamos de un
futuro totalmente impredecible.