GUADALAJARA DOS MIL, 23 de Diciembre de 2002
El teatro, desde Madrid

Raúl Conde
A pesar de los estúpidos publirreportajes de pieles que incluye en sus páginas centrales, la edición madrileña de “El Mundo” es, hoy por hoy, si no la mejor, una de las mejores que publica la prensa nacional. El pasado lunes dedicó dos páginas casi enteras al teatro. El acontecimiento se debe al redactor que consiguió reunir en la misma mesa, en el Círculo de Bellas Artes, a cuatro maestros del género: Josep Maria Flotats, José Carlos Plaza, Miguel Narros y Esteve Ferrer. Un póquer de ases de la cultura española contemporánea, o sea, la del puente aéreo, congregado en el corazón del Foro para tomar unas aguas y charlar sin prejuicios. Los resultados, una delicia.
La conversación, a tenor de lo que ha salido a la luz, fue completa y llena de ideas. “El hombre, sin teatro, es menos hombre”. El titular sintetiza el mensaje central de los cuatro directores. Alberto Miralles, que ha ganado el premio SGAE con una obra que habla del terrorismo de ETA, asegura que “todo es posible convertirlo en teatro”. Sin embargo, ha cundido en este arte un cierto áurea de hermano pobre de la literatura, menos rentable y místico que la novela y la poesía. De manera oportuna, Narros evoca las palabras de Lorca: un país sin teatro o está agonizando o está muerto. Pues el nuestro, ciertamente, debe estar en el puto infierno porque el teatro se machaca sin piedad allí donde debería estar en un pedestal. En la escuela y en las administraciones, sobre todo. “¡En Inglaterra no hay niño de un colegio que no recite 15 horas a Shakespeare!” (Flotats). “El panorama no se va a regenerar mientras no haya un cambio político serio” (Plaza). No hay interés de las élites, quizá porque presenciar un drama de Lope vende menos que declarar la admiración por “Marinero en tierra”. Tampoco existe voluntad por parte de los que dirigen la educación para orientar a los chavales hacia las tablas, no mediante la coacción –obligando a leer a Tirso de Molina sin saberlo masticar-, sino a través del placer de la cultura. Ahora ocurren cosas extrañísimas. El otro día me comentaron que hay alumnos en un instituto de Guadalajara que están hasta las narices de que su profesor de Literatura española, ¡de Literatura!, les cite continuamente ejemplos basados en Operación Triunfo. A lo mejor es que eso es la nueva cultura. Tiene razón Flotats: “Nuestra sociedad nunca ha tenido como ahora acceso a una vida cómoda y sana, pero vivimos en el yo, yo, yo y después yo. La gente piensa sólo en la casa, el doble coche, la etiqueta de marca. Y el arte, nada”.
Plaza denuncia el estado abúlico que sufre hoy la escena madrileña. Las lucecitas de Navidad que adornan las calles y la euforia comercial solapan la tristeza de esta ciudad, pensada para los coches y no para los peatones, lo que es un síntoma inequívoco de brutalidad. “El servicio público ha desaparecido”. Es complicado separar la política del teatro, pero hay que abandonar el dirigismo, “de derechas e izquierdas”, matizan. Y dejar a un lado los experimentos, la originalidad mediocre, las aspiraciones de genio que contemplan a más de un dramaturgo. Hay que conformarse con coger un texto, clásico o no, y adaptarlo con fidelidad, como hizo, sin ir más lejos, el llorado Marsillach en la comedia calderoniana “Casa de dos puertas, mala es de guardar”, ahora en cartel en el Centro Cultural de la Villa. Hobbes escribió que un hombre libre es aquel que, teniendo fuerza y talento para hacer una cosa, no encuentra trabas a su voluntad. Los héroes del teatro encuentran trabas en los gestores de la cosa pública y en un público que mancilla “el placer de la poesía, de la estética poética, de un sentimiento”. La España podrida del capital.